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Ferrocarril de Madrid a Aranjuez. Por PedroMix

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Ferrocarril de Madrid a Aranjuez

Por PedroMix, 6 de junio de 2007.


De un viaje a Inglaterra trajo un liberal gaditano a España, hacia 1830, una maqueta a escala de una locomotora tipo Rocket con sus respectivos coches de viajeros. Esta maqueta fue regalada a la Corona española para intentar convencer a los Borbones de la necesidad de implantar en sus reinos el nuevo medio de locomoción, comenzando por una corta línea que debería haber unido Jerez de la Frontera con un embarcadero del río Guadalete, pensando en la exportación de vinos. El proyecto fracasó, en este caso no por la cerril actitud de Fernando VII -pues el rey se comprometió incluso a ser accionista del proyecto- sino por la rivalidad con otros proyectos ferroviarios de la comarca jerezana, y no hubo posibilidad de dar más pasos. La maqueta, sin embargo, no se perdió, pues la reina María Cristina la conservó, probablemente con la esperanza de tiempos mejores.

El liberal que trajo el artilugio a Madrid se llamaba José Diez Imbrechts, que destacaría como traductor al español <ref>Cádiz y los orígenes del ferrocarril en España. Comunicación de Juan Torrejón Chaves al IVº Congreso de Historia Ferroviaria, celebrado en Málaga en 2006.</ref> de Charles Babbage, otro adelantado a su tiempo, que de manera visionaria había proyectado la Máquina Analítica, ordenador mecánico que no se pudo construir entonces pero en cuya lógica interna se basan parte de los actuales ordenadores electrónicos.

Efectivamente, vinieron tiempos algo mejores: en 1833 María Cristina quedó viuda, y España quedó libre del lastre de su marido. A pesar de la oposición de los carlistas, se puso en el trono a Isabel II, hija del difunto, que por ser menor de edad tuvo como regente a María Cristina. Madre e hija permitieron el paso de una monarquía absolutista a la monarquía parlamentaria soñada por los pioneros liberales de 1812. María Cristina contrajo su segundo matrimonio con F. Muñoz, duque de Riansares, llamado a ser uno de los empresarios ferrocarrileros más tempranos en el tiempo en nuestro país, y cuando el Marqués de Salamanca, del que hablaremos enseguida, empezó a dar pasos mucho mayores que los de Muñoz y se vio que lo de los trenes iba en serio, le fue exhibida en el palacio de La Granja (Segovia) la maqueta que trajo Imbrechts de Londres, durante una entrevista en la que las dos reinas prometieron al marqués todo el apoyo del Estado español para sus proyectos <ref>José de Salamanca, el Montecristo español. Florentino Hernández Girbal. Ediciones Lira, 1963 (Reeditado en 1992) </ref>.

Aranjuez es una importante población a orillas del Tajo, situada a una cincuentena corta de kilómetros al sur de Madrid, donde los reyes de la Ilustración instalaron uno de sus complejos palaciales, distribuyendo alrededor de su residencia calles y más calles completamente alineadas en manzanas rectas. Este lugar de descanso de los Borbones fue el elegido por el ingeniero-cartógrafo Pedro de Lara y Meliá para hacer llegar a él el primer ferrocarril de los comprendidos en Castilla, siguiendo un poco el ejemplo de una de las primeras líneas de telégrafo óptico del país, que se había instalado también entre Madrid y el municipio arancetano. Lara obtuvo una concesión en 1845 para la construcción de la línea, y las obras empezaron en 1846, siendo la empresa concesionaria bautizada como del Ferrocarril de María Cristina, y siendo su presidente el duque de Castroterreño, ex-ministro de la Guerra del partido moderado.

Estas obras sufrieron interrupciones y fueron retomadas después a iniciativa de un nuevo empresario, el político liberal José Salamanca y Mayol (1811-1883), primer marqués de Salamanca, que a pesar de su título y apellido no tiene que ver nada con la capital del Tormes, pues había nacido en Málaga, donde su padre fue un destacado médico de la Armada, represaliado más de una vez por Fernando VII. José Salamanca tuvo desde su juventud trato habitual con Heredia y Larios, promotores más tarde de la Compañía del Ferrocarril de Córdoba a Belmez y de la Compañía del Ferrocarril de Córdoba a Málaga, y ha sido descrito por Hernández Girbal (su principal biógrafo) como el Montecristo español, no sin razón, pues en su vida hubo episodios rocambolescos dignos de cualquer folletín por entregas, como aquel en que, durante una epidemia de cólera, sufrió una pérdida de conocimiento, fue dado por muerto demasiado “a priori” y estuvo no lejos de haber sido enterrado vivo como, por desgracia, sí ocurríó a muchos desdichados en aquella época.

Entre 1841 y 1846, José Salamanca alcanzó gran fama como eficiente gestor de la extracción y procesamiento de la sal, que por entonces era monopolio del Estado pero cuya explotación se arrendaba por quinquenios a particulares. Tanto por sus conexiones en el mundo financiero como en el político, pronto se convirtió en uno de los mayores potentados de la nación, y por ello se decidió a acometer la introducción en Castilla de los ferrocarriles. La tarea no fue nada fácil, y se cuenta que como gran parte del material hubo de traerse por carretera desde el extranjero, hubo carros tirados hasta por sesenta mulas cada uno para poder desplazar las grandes piezas metálicas. No se contaba con la ventaja de tener el mar al lado de la vía, como en el tren de Mataró, por lo que la logística de construcción del Madrid-Aranjuez implicó una organización cuasi-militar para el transporte de las locomotoras, máquinas fijas de los talleres, madera para los puentes, etcétera.

El 6 de febrero de 1851 se realizó el primer viaje oficial de la línea, sin viajeros ordinarios, a modo de inspección, cosa que fue muy común a lo largo de la historia de los posteriores ferrocarriles, pues el Ministerio de Fomento debía comprobar que las obras efectuadas por el concesionario de la línea se atenían a lo convenido. Además, se efectuaba la medición de los puntos kilométricos de las estaciones y apeaderos, con el fin de fijar las tarifas exactas a cobrar por los trayectos posibles, para los viajeros y para las mercancías. Por parte de la Compañía iba el propio Marqués de Salamanca, y por parte del Ministerio se desplazaron al viaje ingenieros de tanto prestigio como Juan Rafo -uno de los proyectistas del Canal de Isabel II, la otra obra que iba a sacar a Madrid de su condición de poblachón manchego-

Una vez el Ministerio decidió que el ferrocarril era apto para abrirse al servicio público, se fijó el día de la inauguración oficial para el domingo 9 de febrero de 1851, fecha en la que se celebró una de las fiestas con más boato que conocieron los españoles de entonces, con unos fastos comparables a los de la coronación de un rey.

Fuentes

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